Lo vi la primera vez cuando era muy pequeño en la casa de mi abuela, en donde me llamaba la atención el mosaico del piso, este era de azulejo antiguo, desigual y frío, me gustaba verlo mientras daba vueltas hasta marearme y caer mientras observaba como el techo giraba a mi alrededor. En esa búsqueda de mi nuevo mundo no alcanzaba a comprender por qué mi cabeza de pronto pesaba más de lo normal, quería caerme y abrazar el frío azulejo y sin embargo, esa sensación resultaba tan estimulante que la practicaba cada vez que podía. Así pues creo que, debido a mis tantas visitas al suelo, el se acostumbró a verme ahí. Al principio se detuvo y me Admiró con aquellos ojos oscuros, pequeños, profundos que yo interpreté incluso como juguetones. Lo observé puesto que era la primera vez que veía un ser tan pequeñito como yo, inocente y que tampoco le molestaba el frío de la loza así pues... me intenté acercar a el quien al percatarse escapó dejando solo marcas de sus patitas en el polvo que se encontraba debajo de la cómoda.
Al poco tiempo nos acostumbramos uno del otro: el a observarme cómo daba de vueltas sobre mi eje y caía viendo las roídas vigas de madera preguntándose tal vez por qué yo no gritaba al verlo mientras yo me cuestionaba por qué no quería jugar conmigo dando de vueltas y acabar panza arriba mientras el mundo giraba a nuestro alrededor. Como quiera que sea se convirtió en mi primer amigo confidente de locuras de niñez en donde mi madre armaba un escándalo pues me veía todo el tiempo tirado y a su vez porque percibía a aquel ratoncillo pasar. Ambos nos divertíamos, ambos nos sentíamos felices, libres, juguetones y traviesos.
Ambos nos sentíamos niños.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario